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La palabra clave para entender esta bienaventuranza es “reconocer”, porque reconocer significa aceptar una realidad personal, es darse cuenta de que algo no anda bien en nuestro interior y especialmente en nuestra relación con Dios. Reconocer implica aceptar que hemos errado en el blanco, es decir que hemos pecado y nos hemos conducido por un camino equivocado y por ende necesitamos urgentemente recibir restauración. Hacer esto nos abre la puerta a todas las bendiciones que recibe un ciudadano del reino, negar esto, nos lleva a continuar viviendo lejos de Dios. “Jesús se refiere aquí a la pena por el arrepentimiento, no tan solo a la perdida de un ser querido. Es cierto que Jesús es nuestro consuelo (Isaías 40:1), que él sana los corazones heridos (Isaías 61:1), pero ese no es el contexto en este caso. Siguiendo el versículo 3, al reconocer nuestra pobreza, el versículo 4 nos llama al arrepentimiento de ese pecado que causó nuestra pobreza. Esa tristeza que viene de parte de Dios es la que nos dará grandes ganancias” (2 Corintios 7:8-13) (Moore 1196, p. 202)