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LOS TILOS
Capítulo II
El anciano les miró con mirada severa y a la vez compasiva, no inspiraba miedo pero si un gran respeto. -¿Qué hacéis aquí?, ¿a qué habéis venido? - preguntó el anciano. -Nos hemos perdido, teníamos mucho frío y vimos el resplandor de la luz. -Lo sé, os alejasteis demasiado de vuestras casas y de vuestras familias. El bosque que habéis atravesado no tiene vuelta atrás, por eso no encontráis la salida para volver al pueblo. Nunca podréis regresar por él. Pero habéis tenido la fortuna de dar con mi cueva, así que os ayudaré para que podáis encontrar el camino de vuelta a casa. No será fácil ya que deberéis pasar pruebas difíciles antes de poder regresar. Estar vigilantes y permanecer unidos. Yo sólo podré acompañaros hasta el umbral, tras el cual se encuentra la escalera de caracol que debéis descender. Antes de despedirles, el anciano les dio algo que les serviría de gran ayuda: la antorcha que nunca deja de brillar en la oscuridad, la cuerda que no se suelta, la llave dorada que abre todas las puertas y el libro que todo lo sabe. El venerable anciano encendió la antorcha con el fuego que había en el centro de la cueva y se lo entregó a Mauricio, la llave que abre todas las puertas a Greta, la cuerda que no se suelta a Nils y el libro que todo lo sabe a Viveca. Greta colgó la pequeña llave en una cadenita que llevaba al cuello; Nils ató la cuerda a su cintura; Viveca apretó el libro contra su pecho y Mauricio sujetó con firmeza la antorcha, que les iba a acompañar durante todo el camino. -Os deseo buena suerte. Comenzáis un camino en el que tendréis que enfrentar peligros, pero si los afrontáis con valor y bondad de corazón venceréis a la oscuridad que siempre nos acecha. Los niños hicieron una reverencia ante el anciano y comenzaron a descender por la empinada escalera de caracol. Mauricio iba el primero con la antorcha en alto para alumbrar a sus compañeros que venían detrás. Descendieron y los escalones se iban haciendo cada vez más bajos, hasta que finalmente desaparecieron quedando sólo una superficie lisa por la que los niños se resbalaban, cayendo cada vez a más velocidad. Después, poco a poco, la pendiente se fue suavizando y los niños fueron parando el alocado descenso hasta quedar detenidos por completo. Se encontraban tumbados sobre una superficie de arena de playa. Se quedaron quietos y en silencio; a lo lejos se oía el rumor de las olas del mar. En el cielo lucía una espléndida luna que permitía ver con claridad alrededor. No sabían cuánto tiempo habían estado caminando ni hacia dónde. A su izquierda estaba el mar, a su derecha sólo oscuridad, sobre ellos el cielo oscuro alumbrado por la luna. En medio de la oscuridad adivinaron una sombra más oscura todavía, era una gran mole sobre la que parecía que iban a chocar si seguían caminando. Los cuatro avanzaron muy despacio, hasta que alargando sus manos pudieron tocar aquella sombra oscura. Era la base de un gran acantilado, donde el mar, que rugía con fuerza, golpeaba sobre las rocas. Los niños avanzaron siguiendo la pared rocosa que ahora les cortaba el paso. Esperaban encontrar algún camino a través de aquella pared, pero sólo alcanzaban a ver un muro sin fin a lo largo y alto. Cansados se sentaron sobre la arena, apoyados en la roca con la antorcha en medio a modo de fogata. Se durmieron. Al amanecer les despertó la claridad de un sol débil. A su alrededor encontraron un ambiente sobrecogedor. Muros inexpugnables de roca se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Muros imposibles de ser escalados. Ningún árbol ni arbusto, ninguna casa ni ser humano. Sólo muros de piedra y al otro lado el mar. Los niños se miraron desolados, no sabían qué hacer y además sentían hambre y sed. Parecía que ahora sí que estaban en una situación desesperada.