LOS TILOS
Capítulo III
Viveca se sentó sobre una piedra con "el libro que todo lo sabe" sobre sus rodillas. Era un libro con aspecto de ser muy antiguo. Se quedó callada con sus manos sobre el libro cerrado. Los demás niños la rodearon y ella les dijo:
-Tal vez aquí encontremos alguna respuesta.
Con reverencia abrió el libro. En la primera página ponía:
“Nunca se nos presenta una prueba que no podamos
superar y en los momentos de mayor dificultad los
recuerdos son la fuerza en el corazón”.
Viveca había leído en voz alta, después cerró el libro y lo apretó contra su pecho. Los niños cerraron los ojos y Greta , recordando, les dijo:
"El año pasado, cuando tuve aquellas fiebres tan grandes que me tuvieron meses en la cama, creía que iba a morirme. También mis padres lo creían.
Una noche les escuche hablar con el médico, que les dijo: -“Nada más puedo hacer, ahora todo depende de Greta y de su fuerza para luchar contra el mal que la aqueja”.
Al principio me asusté mucho, me sentía cobarde y pequeña para luchar contra aquello, pero al mirar cada mañana a través de mi ventana el gran tilo del pueblo, algo me susurraba: -¡Ánimo Greta, puedes porque eres grande como el árbol más grande!
Y cuando miraba las montañas y los pájaros, ese susurro me decía: -
"eres fuerte como la gran montaña que se ve desde el pueblo, libre como las golondrinas que se acercan a tu ventana en primavera, inmensa como las estrellas!”
Y así, día a día, fui ganando fuerzas, fui mejorando hasta que estuve completamente recuperada.
Los demás habían escuchado en silencio. Los recuerdos de Greta les habían dado fuerza y ánimo.
-De acuerdo- dijo Nils. Pongámonos en marcha. Lo primero es buscar comida y el mar nos la dará.
Con Nils a la cabeza, los cuatro se adentraron un poco en el agua. El mar era transparente y bucearon pegados a las rocas. Después de muchos intentos fueron sacando moluscos y algunos peces. En la orilla, utilizando la antorcha como fogata los asaron, y con ganas los comieron. Una vez saciada su hambre inspeccionaron a su alrededor. Aparentemente no había ninguna rendija
o saliente por donde escalar el acantilado y hasta donde se perdía la vista continuaba ese muro rocoso infranqueable.
Mauricio se repetía la frase leída en el libro: “No se presenta una prueba que no seamos capaces de superar”...
Y con esta frase en la cabeza, comenzó a recorrer el muro deslizando su mano por la pared rocosa. De vez en cuando, como martilleando la roca al ritmo de la frase, la golpeaba con el mango de la antorcha apagada, mientras caminaba lentamente, pero sin detenerse. Los demás niños no se habían dado cuenta de que Mauricio se estaba alejando bastante.
En un momento, al dar el niño uno de estos golpes contra la roca, esta cedió de repente, como una puerta que se abriese batiéndose hacia dentro y volviéndose a cerrar con rapidez. El niño quedó dentro de la roca.
Viveca fue la primera que echó en falta a su hermano.
No era un terreno donde alguien pudiera esconderse; a un lado el mar y al otro gigantescas rocas, imposibles de escalar.
-¡Mauricio, Mauricio!, hermano mío ¿dónde estás?
Nils y Greta llamaban también angustiados a su amigo. Era como si la tierra se lo hubiera tragado.
¿Dónde podía haber ido, si sólo mar y muros de piedra les rodeaban?
Dentro de la gran mole de roca se encontraba Mauricio, muy asustado y sin comprender lo que
había sucedido. La frase del libro que había estado repitiéndose sonaba en su cabeza como un eco: “no se nos presenta ninguna prueba que no seamos capaces de superar”. Ahora él se sentía frente a la prueba más dura: solo y separado de sus amigos, en la oscuridad de una montaña de roca.