Más allá de la discusión sobre sus méritos o defectos como herramienta financiera hay un aspecto sicológico y afectivo que contiene el gesto político de proponer que los mayores de sesenta y cinco años se las arreglen como puedan con lo que buenamente hayan adquirido, ahora que el estado se desentiende de velar con equidad por la felicidad ciudadana, y ahora que la valoración social del adulto mayor es proporcional a su capacidad productiva en una cultura neoliberal.