Cuando Poncio Pilato tuvo ante si a Jesús de Nazaret, después de escucharle decir: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”, [2] de pronto preguntó: “¿Qué es la verdad?”. El dramatismo de la escena reside en que la tenía allí, ante sus propios ojos. Pero no la vio. No la reconoció en una persona que encarnó la Verdad hasta el punto de dejarse crucificar por ella.
Y, sin embargo, de alguna manera la entendió, al menos en cierta medida, porque, de otro modo, no se explica que luego de la pregunta – quizás dicha en un tono algo sarcástico y escéptico – saliese a decirles a los judíos: "Yo no encuentro ningún delito en él”. Con lo cual Pilato terminó diciendo una verdad concreta porque, como sabemos, el reo cuya crucifixión le exigían era por completo inocente.
Toda persona de honor tiene el deber de atenerse a la verdad. De ser veraz. Y el ser veraz no necesariamente presupone conocer y entender la verdad absoluta de todas las cosas. Significa, simplemente, reconocer, aceptar y afirmar lo que es. Poncio Pilato no captó la Verdad teológica representada por Jesús de Nazaret. Pero percibió la verdad de su inocencia y fue veraz al proclamarla. Bien es cierto que después cedió a las presiones, pero eso ya pertenece a un contexto que no corresponde aquí y que he tratado en otra parte [3]. El hecho es que atenerse a la verdad significa atenerse a lo que es, tal cual es; sin aditamentos ni restricciones; en la total y completa integridad con la que se nos manifiesta.