Mientras la disciplina tiene que ver con el método y el órden en la conquista de objetivos, la perseverancia tiene que ver con la constancia en la persecución de esos objetivos. En otras palabras: comportarse sin órden ni método es ser indisciplinado; cambiar de objetivo caprichosamente a cada rato es ser inconstante.
La diferenciación es importante porque muchas veces se confunde disciplina con perseverancia y viceversa. Aunque convengamos que hasta cierto punto la confusión se justifica porque con frecuencia ambas virtudes van juntas, al igual que sus respectivos vicios. Una persona disciplinada, por lo general, también es constante y una persona inestable difícilmente sea disciplinada. Sin embargo, en esto como en tantas otras cosas, el hecho que los fenómenos sean más o menos correlativos no significa que se trate del mismo fenómeno.
Decidirse por un método y un orden de procedimientos para alcanzar un objetivo es importante. Pero alcanzar y cumplir ese objetivo no lo es menos. No olvidemos que la disciplina es siempre tan sólo un método, un camino, una senda transitable que, con mayores o menores obstáculos, conduce a un objetivo. El mantenerse firmemente en esa senda significa “estar en el buen camino”. Lo cual ya es mucho; pero, con ser mucho, está lejos de ser todo. Porque al “buen camino” hay que recorrerlo. Desde el principio hasta el final. Para ello es que hace falta la perseverancia, la constancia, la persistencia. Esa cualidad del bulldog de morder el hueso y no soltarlo hasta no haberlo triturado. El estar en el buen camino, o en un buen camino, no sirve de mucho si no se llega nunca a la meta porque cambiamos de meta a cada rato.