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En el Zarathustra, Nietzsche, con una de esas sorprendentes precisiones que cada tanto surgían de su pluma, señala que hay una gran diferencia entre ser libre “de” algo y ser libre “para” algo. Si me pregunto “¿de qué soy libre?” estoy tan sólo preguntando por mis impedimentos. En cambio, si me pregunto “¿para qué soy libre”? por lo que estoy preguntando es por mis posibilidades y oportunidades. La diferencia, como pueden ver, es enorme.

Hay algo que resulta indiscutible desde el punto de vista histórico, antropológico, psicológico y hasta arqueológico: los seres humanos somos animales sociales. Ya los seres del género Homo más primitivos que considera la ciencia, los seres de hace decenas de miles y quizás hasta de millones de años atrás, vivían en grupos. No tenemos conocimiento de una sola cultura, una sola civilización, que haya estado constituida por individuos aislados. Pensándolo tan sólo un poco, una sociedad de anacoretas sería hasta biológicamente imposible.

Los ermitaños y eremitas han sido siempre y en todas partes fenómenos excepcionales, marginales, muy alejados de la media promedio estadística de la especie. El hombre solitario en la isla desierta – esa alegoría tan cara a algunos pensadores del Siglo XIX – es una abstracción intelectual artificial. El “noble salvaje” de Rousseau es un personaje que podrá tener muchas virtudes pero, míreselo como se quiera, posee un pequeño e insalvable defecto: no existió jamás.