Una de las aristas crueles que tiene la naturaleza es que no le gustan los débiles. En términos generales, la lógica de la naturaleza es que los fuertes sobreviven y los débiles sucumben. Digan lo que quieran los enternecidos románticos del pacifismo universal, las panteras se seguirán comiendo a las gacelas y nosotros mismos seguiremos matando vacas y corderos para la parrillada del domingo. No es muy amable este rasgo de Madre Natura, pero es indudable que tiene cierta predilección por la excelencia: se deshace bastante rápidamente de lo inepto, lo deforme, lo degenerado y fomenta bastante al fuerte, al sano, al bien constituido. Probablemente no sea cuestión de exagerar esto en términos darwinianos, pero el fenómeno es de observación directa y sólo no lo ven quienes deliberadamente se han propuesto no verlo.
A pesar de eso, como todo el mundo sabe, doña Madre Natura tiene también sus paradojas. Por ejemplo, muchas veces premia con la supervivencia a los cobardes. En términos biológicos, la valentía puede llegar a ser antiselectiva. Los valientes se exponen a vivir menos y, por lo tanto, a reproducirse estadísticamente menos que los cobardes. Darwin nunca supo explicar por qué no nos hemos convertido en una especie constituida por miedosos, pusilánimes y timoratos.
Por otra parte, la naturaleza también ha tenido el capricho de permitir la existencia de seres cuyo papel en el contexto general nunca me terminó de quedar del todo claro. ¿Me puede alguien decir cual es la función de las moscas, los mosquitos y las víboras en la naturaleza? Está bien; ya sé: las moscas y los mosquitos sirven de alimento a los sapos. Pero entonces: ¿para qué cuernos sirven los sapos? Tengo en esto una pequeña y eterna controversia con mis amigos ambientalistas pero, para mí, un charco no se hace ni más bello, ni más agradable, ni más útil por el hecho de estar plagado de sapos que se comen a los mosquitos y de víboras que se comen a los sapos. Lo acepto como una de las veleidades de Doña Natura y confío en que ella sabrá lo que hace. Pero no me mueve el corazón para nada.