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Se concibe la misión como un movimiento de Dios hacia el mundo y a la Iglesia como un instrumento para esta misión.
El término Missio Dei o Misión de Dios, nos ayuda para articular la convicción de que ni la Iglesia ni ningún otro agente humano pueden considerarse como el autor o portador de la misión.
La misión nace en el corazón de Dios, “Dios es una fuente de un amor que envía", este es el sentido más profundo de la misión.
Existe la misión sencillamente porque Dios ama a las personas y nos invita como iglesia a participar en ella.
Muchos cristianos hoy en día estamos enfocados solo en lo material y la idea errónea de que estamos en este mundo para ser feliz.
Otros dejan que las circunstancias les empujen a vivir una vida sujeta al azar y a la casualidad, no teniendo metas espirituales que los lleven a vivir una vida consagrada al Dios que les salvó.
Por otra parte, un gran grupo de cristianos en la actualidad piensa que no es tarea de la iglesia, tratar de ayudar en los problemas que presenta la sociedad actual. Y cuando esto sucede, enmarcamos a la iglesia en un pequeño marco de cuatro paredes, dejando de ser sal y luz en un mundo que vive en tinieblas.
Hemos sido llamados a participar en la Misión de Dios, que consiste en restaurar a la humanidad caída y perdida por el pecado, y que Dios a través de su Hijo Jesús, quiere restaurar.
Toda meta y propósito de la vida, debe estar sujeto a la Misión de Dios, de no hacerlo, estaríamos desperdiciando la vida que el Señor nos ha regalado.