El pecarí se detuvo en seco en medio del monte y miró a su alrededor, ignorando la orden de Caaporá, que le golpeaba los flancos con sus piernas, que parecían troncos cubiertos de pelo. —¡Adelante, bestia asquerosa!
Pero el pecarí no avanzaría. Algo lo había apabullado y comenzó a retroceder lentamente.