El río mecía suavemente a Isidro sobre la planta. La oscuridad se había devorado el atardecer y las estrellas fueron encendiéndose suavemente sobre el telón oscuro del cielo y sobre el espejo del agua.
La luz tenue de una luna muy lejana perlaba el rostro febril del niño. Derrotado por la fatiga, Isidro contemplaba las estrellas. Pronto la orilla del monte se fue desdibujando y el perfil negro de los árboles se fundió con el cielo y con el río.