Coca o Pepsi
(Por Astor Vitali) Rodolfo se encontró frente a una disyuntiva doméstica. La mirada perdida. El pensamiento tenue. Lo abrazaba el sillón. Lo absorbía el sillón.
-¿Coca o Pepsi? -se preguntó.
Esa noche sería anfitrión. Los amigos de su novia poblarían el departamento que comenzó a pagar gracias a un plan del gobierno. Serían 25 años de su vida los que pagarían la vivienda. Era algo oscura, pero optó por el departamento en una zona semi céntrica porque le faltaban diez mil pesos para acceder al que realmente le gustaba.
-Era este o perderme el plan -se dijo, cuando tomó la decisión.
-Es esto o la nada -se convenció.
Una amiga (a la que veía poco porque no se llevaba bien con su novia) le había dicho:
-¡No! ¡Hay otras opciones, Ro! Capaz ahorras un cacho y buscás otra cosa.
Pero ¿cómo explicarle a su novia que la idea era de su amiga? ¿Mentirle? Se daría cuenta, tarde o temprano. Mejor no decir nada y optar por una de las dos ofertas, aunque no le gustara. Aunque no lo hiciera feliz.
-Coca Cola o Pepsi -irrumpió nuevamente la pregunta esfumando el recuerdo que lo llevó a ese lugar algo oscuro, mirando la pared, o simplemente, mirando la nada para no ver esas manchas de humedad que el de la inmobiliaria le había prometido que no volverían a salir.
Ya estaba el pollo en el horno. En media hora llegarían los amigos de su novia al departamento oscuro. Los minutos corrían y el almacén de las esquina estaba a punto de cerrar.
-Coca tomo hace rato -suspiró.
A su novia le gustaba y Rocío no era propensa a los cambios.
-Pero, ¿y si la sorprendo? Tal vez le guste -se dijo, sin convencerse.
-Bah… Igual, si no le gusta que se arregle. Yo quiero cambiar -le dijo al peluche que le regaló su amiga y que no se animó a tirar pero tampoco logró confesar su procedencia.
Rodolfo pensó en su padre y todas las noches de su infancia viendo el maldito Terma sobre la mesa.
-¿Y si compramos unas naranjas, Alberto? –preguntó, una vez, su madre.
-¿Naranja? ¡No me rompas las pelotas Mabel? -dijo Alberto, sin pensar.
Por eso Rodolfo estaba pensando.
-El viejo no escuchaba. El viejo no pensaba nunca. Decía que no. No, porque no. Yo tengo que pensar -se animaba.
En quince minutos llegarían esos amigos de su novia y no quería quedar mal. Había que decidirse, tomar impulso y salir raudamente al almacén de la esquina. Allí le daban siempre un atado de Marlboro y una Coca.
-¿Qué más Rodolfito? -decía la vieja del almacén.
Esta vez no debería dejarla hacer lo de siempre. Tenía que entrar y decir con firmeza: “¡una Pepsi!”
Pero él no era así.
-¿Qué más Rodolfito? -dijo Mabel, antes de que Rodolfo llegara a lamentarse su falta de iniciativa.
-Y… una Pepsi -dijo en voz tenue.
-¿Unas Pepas? -preguntó Mabel, agudizando el oído.
-¡Una Pepsi! - gritó Rodolfo, alterado.
-Ahh, m´hijo. ¿Ésta la dejás entonces? Mirá que Rocío siempre me pide de esta, eh… -dijo Mabel con naturalidad de abuela a la que no le hacen mella las tormentas momentáneas.
-Bueno -se limitó a balbucear el inminente anfitrión.
……….
Rocío ya estaba en casa y dijo -¡Hola, amor! ¿Compraste Coca?-.
-Sí -mintió el sudado mandadero. Se convenció de que podía esconder la botella y que cuando llegue el momento de servir la mesa una fingida sorpresa podía sortear la situación.
“¡No me di cuenta! ¡Me confundí!”, debía decir, convincente. Y con ello el problema estaría resuelto. También podría ser Mabel la que no le entendió. “Se ve que no me escuchó, la vieja”, podría decir. Sin embargo, en el transcurso de una hora Mabel y Rocío podían hablar más que lo que Rodolfo lograba intercambiar con la almacenera en años.
No era una buena idea. Se enteraría. Mejor la sorpresa. ¿Quién no se confunde? Después de todo, sólo es una botella.
…….
El pollo crujía y, mientras Rodolfo se ocupaba de las operaciones culinarias, no podía evitar mirar de reojo, minuto por medio, la bolsa de compras donde ocultaba la bebida intrusa.
-¿Voy poniendo la mesa? -preguntó Rocío.
-¡No!
-Bueno, dale, gracias. Estoy cansadita -dijo la novia al tiempo ponía el disco de Maná que tanto irritaba a Rodolfo. Sin embargo ¿qué decir? Después de todo hoy venían sus amigos.
Mientras el calor del horno hacía más pegajosa su camisa, el anfitrión se aventuró a sacar la botella de la bolsa con destino hacia a la heladera. Fue un movimiento aventurado y veloz.
-¿Todo bien, Roro? -dijo Rocío, quien, por su puesto, notaba algo raro en el ambiente.
-Si ¿Por? -escupió torpemente el anfitrión sufriente.
-Nada, no sé.
Un breve silenció separó la intriga. Nada mejor para romperlo que el comentario mundano, preparativo de la llegada de los amigos de la novia.
-Que bueno que te acordaste de la Coca, Ro. Porque Fer no toma otra cosa -dijo sonriendo.
-¡Ay! ¡La concha de mi hermana!
-¿Qué pasó, Ro? ¿Te cortaste?
-¡No! Estaba tratando de hacerme una radiografía con el cuchillo. Traeme una curita.
-Bueno, chabón. No me hablés así que yo no te hice nada, eh.
Rocío al sillón con la mirada perdida en las manchitas de humedad que la inmobiliaria había prometido que no volverían a salir.
Rodolfo apagó el horno desahuciado y miró hacia el piso clamando que se lo trague entero y ahora.
…………………..
La mesa estaba servida. Los amigos de su novia hablaban de cosas que Rodolfo no conocía y que tampoco serían de su interés mientras residiera en su mente la monolítica preocupación del momento de llenar los vasos.
No sería el quien trajera la Pepsi. No podría disimular que no la había visto en el trayecto de la cocinita caliente hasta la mesa en la que hablaban los amigos de su novia, ahora algo distante por el desencuentro anterior.
-Ro ¿te traés la Coca? -dijo Rodolfo.
Rocío siguió hablando con Fer y a los pocos segundos se levantó con destino hacia la heladera que le había regalado su madre.
Tomó la botella mientras seguía la conversación con vos más alta. Algo de que un jefe le había pedido un favor y que no podía decir que no ya que no debía olvidarse que él la había hecho entrar.
…..
Rodolfo cenó sin ganas. Sólo intervino en la descontracturada conversación cuando era interpelado por cortesía.
Nadie había notado nada en la mesa. Nadie hablaba de Coca o Pepsi, su obsesión. Nadie excepto el y su torpeza.
-¿Me pasas la Pepsi, Ro? –interpeló el anfitrión.
-Si, amor… ¿La Pepsi? ¿Compraste Pepsi? ¿Pero yo no te había dicho que Fer le gustaba sólo la Coca?
-Sí… pero, no había… no me di cuenta… Mabel me la dio mal…
Muchas tonteras juntas. Una estupidez, seria creíble. Pero todas al mismo tiempo enrarecían el clima.
-Pero si es lo mismo -dijo el otro amigo de Rocío.
…..
Aquí los diez minutos de conversación sobre Coca-Cola, el imperialismo, que Pepsi es más fea pero es lo mismo, también es una transnacional, que mejor hacer fuerza con Pepsi contra la Coca porque otra cosa no es podía hacer y la Goliat era fea, que la Coca se usa para sacar óxido de los clavos, que la Coca es pal Fernet, que mejor el agua porque en el Gym le habían dicho que la gaseosa hincha, que en Cormillot te dejaban tomar hasta un vasito de 200 cm3 por día pero había que salir a caminar a la noche.
-Yo prefiero el vino -dijo con firmeza Rodolfo, cortante.
-Que yo prefiero el vino. Mi viejo tomó vino hasta los noventa años y se murió feliz y de viejo. Siempre con el Terma al lado. Pero tomaba vino. No iba al Gym ni a un carajo. Era peronista. Y al jefe lo mandaba a la mierda y que se arregle con el sindicato.
Los amigos de Rocío y Rocío comenzaron a preocuparse porque Rodolfo hablaba mirando las manchitas de humedad en la pared, ensimismado.
-Y el óxido de la cabeza te lo sacás con agua, sabés. Porque la Coca y la Pepsi te hacen mierda igual ¿te das cuenta, Fer? ¿Alguien bajó la luz o es este departamento de mierda que siempre está así?
-¿Amor? -dijo Rocío entre avergonzada y preocupada.
-No me dijeron nada de la salsa que le hice al pollo. Es una receta de mi vieja, que se ponía triste porque papá no la escuchaba. En la puta vida tomó Coca papá. “Me cago de sed pero cosas de putos no”, decía. ¿Vos sos puto Fer o sos el que se la garchó a Rocío unos días después de que nos conocimos? Digo, así nos vamos conociendo. Ya sé que Coca tomás, pero me gustaría saber más ¿te das cuenta? ¿O vos eras el que decía que era mejor un departamento en macro centro porque por ahí todo se iba a la mierda con el cambio de gobierno? ¿O ese era el otro que hoy no vino porque se iba al acto ese de la elección? No, mi viejo era peronista. Y no te laburaba un feriado ni que te re cagués. Además ¿sabés qué? Estaba el fifti fifti, querido. ¿Querés más Coca? Ah… qué lástima. Tengo Pepsi no más. Me confundí. Disculpame. ¡Pero te la tomaste igual! O sea que a la final, no sé, tanto no te preocupa ¿no?
Rodolfo creía que el peluche festejaba su intervención inesperada.
-Permiso -dijo dirigiéndose al baño. Vomitó el pollo y el recuerdo de verse a sí mismo mirando las manchitas de humedad y preguntarse– ¿Coca o Pepsi?