En los primeros siglos del cristianismo, la doctrina evangélica rechazaba la violencia y la guerra, considerándolas contrarias a los principios fundamentales de la fe. Los primeros cristianos, influenciados por la enseñanza de Jesús sobre el amor al prójimo y el perdón, consideraban el derramamiento de sangre como un grave pecado. Sin embargo, con el paso del tiempo y los cambios en la estructura del mundo occidental, la Iglesia tuvo que replantearse su postura sobre el uso de la violencia en defensa de la cristiandad.