Volar. Algo que parecía imposible para los humanos. Pero Dédalo, el gran inventor ateniense, fabricó unas alas con las que podía volar. Lo hizo para escapar del encierro en Creta, donde el rey Minos lo había retenido tras construir el Laberinto del Minotauro. A su lado, su hijo Ícaro.
El mito, contado magistralmente por Ovidio en el libro VIII de Las Metamorfosis, nos habla de un padre que diseña con amor y precisión unas alas verdaderas, no poéticas ni simbólicas, sino mecánicas, funcionales. Y de un hijo que, llevado por la hybris, desobedece la advertencia paterna: no volar ni demasiado alto ni demasiado bajo.
Ícaro, cegado por la soberbia, sube demasiado… El sol derrite la cera que sujeta las plumas, y el muchacho cae al mar y muere.
Como todos los mitos tiene una lección moral. Es una advertencia que sigue más viva que nunca. El mito de Ícaro nos enseña que la inteligencia humana —esas alas que inventamos para ir más lejos— necesita siempre del contrapeso de la ética y de la prudencia. Ícaro representa, la hybris, la soberbia de quien no tiene límites
Y esta lección está hoy más vigente que nunca. Pensemos en la inteligencia artificial, en la biotecnología, en la ingeniería genética: avances que abren nuevas alas a la humanidad, pero que deben volar con sensatez. Porque el progreso sin ética puede terminar, como Ícaro, desplomándose sobre la humanidad.
Como no hay nada más moderno que los clásicos grecolatinos, les ponemos música actual. La banda sonora del mito de Ícaro está formada por: "Por ti volaré" de Andrea Bocelli"; Volare" de Domenico Modugno; "Flying Without Wings" de Westlife y "High" de Lighthouse Family.
La imagen corresponde al cuadro “La caída de Ícaro” de Jacob Peeter Gowy (1636)