Las cosas que se repiten diariamente tienden a decaer. Intentemos que eso no suceda con nuestra Misa cotidiana. Vayámonos al Calvario, desligándonos de los lazos caducos de espacio y de tiempo, con una participación activa en el Sacrificio redentor. No tenemos otra mediación que la fe: es el sacramento de nuestra fe. El peligro es no trascender, rebajar el misterio a nuestro tamaño.