Las parábolas de Jesús no son mitos, como la caída de Ícaro o de Narciso, sino relatos de hechos posibles y aún cotidianos. En la parábola del grano de mostaza Jesús nos invita a la esperanza. Invitados a ser hombres de futuro con esta virtud, confiados en la promesa de Dios de hacernos eternamente felices. Si no hay confianza, deja de haber esa condición favorable para que se desarrolle el amor.