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Estudios realizados en varios países del mundo, tanto en Europa como en América, dan cuenta de que la ira es considerada ya no una emoción, sino una enfermedad letal. Por cuenta de este impulso, para muchos es incontrolable, ocurren tragedias: esposos que matan a su pareja en medio de una discusión, amigos que se atacan entre sí o simples desconocidos que se dejan llevar por la ira.
Cada día, por doquier, las secciones judiciales de los medios de comunicación están infestadas de casos de personas comunes y corrientes, buenas personas, que no pudieron controlar la ira y cometieron algún hecho lamentable, quizás alguno del que no les alcanzará la vida para arrepentirse. “No era yo en ese momento: no sé qué me pasó, porque soy una buena persona”.
Esa es una frase que escuchamos repetidamente, ante las cámaras de los medios o en las audiencias judiciales. Sin embargo, ya no hay remedio: esas personas pagan las consecuencias de sus actos en los que pudieron perderse vidas, o se destruyeron familias o relaciones de años. Lo peor es que los ataques de ira son cada vez más frecuentes y por motivos cada vez más simples.