Uno de los aprendizajes más valiosos que adquirí en aquella dura etapa de mi vida en la que me di a la tarea de reprogramar mi mente fue aquel de entender, y asumir, que soy el dueño absoluto de eso que llamamos destino. Es decir, todo, absolutamente todo lo que me ocurre es fruto de las acciones que ejecuto, de las decisiones que adopto. Soy el único y total responsable de mi vida.
Durante mucho tiempo, los años más tormentos y aleccionadores de mi vida, estaba convencido de que somos una especie de marionetas a las que el titiritero mueve a su capricho. De acuerdo con esa concepción, los seres humanos estamos sometidos a la suerte: ojalá nos corresponda un buen titiritero, uno que nos lleve a vivir experiencias grandiosas, que nos aleje de lo negativo.
Sin embargo, no es así, por fortuna no es así. Si bien durante al menos los primeros 20 años de nuestra vida estamos bajo la égida de nuestros padres, mayores y maestros, a todos nos llega el momento de asumir las riendas de nuestras existencia. Es el momento de tomar el toro por los cuernos, como se dice popularmente, de romper el cordón umbilical que nos hace dependientes.