Jesús sana a un ciego de nacimiento y abre el debate sobre una ceguera mucho peor: la espiritual. Aquellos que son ciegos espirituales no pueden ver a Dios ni reconocer que le necesitan para el perdón de sus pecados. Al igual que hizo con aquél hombre, Cristo sigue apareciendo en nuestros caminos, y con Su gracia sublime abre nuestros ojos para que podamos ver y recibir en fe todas las bendiciones que Él tiene para aquellos que le creen y siguen.