El templo es la casa de Dios, donde se le adora y se le reza. Merece todo respeto. Jesús expulsa a los mercaderes del templo porque lo habían convertido en un mercado. Al asistir nosotros al templo –no sólo para cumplir con el precepto dominical, sino también en otros momentos–, hemos de comportarnos como corresponde a quien quiere encontrarse con Dios: con devoción y recogimiento. Y ayudar a los demás a que también lo hagan.
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