Decir “sorprendente relato” sería faltar a la verdad, al menos en una de las dos acepciones de la palabra; la escritura no sorprende, pues se reconoce en ella la voz (nunca mejor dicho ¡es el propio autor quien lee!) de un narrador que ha alcanzado la cúspide: el éxito, los premios, un lugar en el estante del pasillo principal en las librerías más frecuentadas. Lo que sí sorprende es la resolución de los hechos. Y así ha de ser. Si no fuera de noche, sería un lunes al sol. Tubos florescentes, hora de brujas y tele en blanco y negro, o más bien en negro, color que a Mariano Sánchez Soler le combina muy bien con la hoja en blanco.