Este cuento fantástico reúne varios clichés de la narrativa infantil universal. Por un lado, la idea de infertilidad: un emperador anciano sin descendencia que, por fin, tiene un hijo portentoso, Aleodor, capaz de tomar el relevo y las riendas del imperio. Otra idea recurrente es la de la prohibición. Existe un territorio en el que ni siquiera Aleodor puede pisar. Obviamente, esa intrusión indeseada ocurre y el dueño (un ser inmundo y malvado) pide a cambio algo impensable. No quiere riquezas, ni poder, sino a la hija de un emperador vecino, bella e inalcanzable. Aleodor parte en pos de la princesa para salvar su propia vida.