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Una de las cosas que nos enseñaron en casa, y sobre todo en la escuela, fue a no equivocarnos. Para muchos “equivocarse” es un sinónimo de castigo.

"¡Hay que hacer las cosas bien!. Y si no, mejor no hacerlas."

Es cierto que en la antigüedad equivocarse podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Pero por suerte, o por inteligencia de nuestros antepasados, a medida que la sociedad ha ido desarrollándose ha ido eliminando muchos de esos peligros.

Sin embargo, no es nada raro que nos pillemos a nosotros mismos haciéndonos esa pregunta: “¿y si me equivoco?”, en más circunstancias de las que tiene sentido.