Nos cuesta cambiar, o darle importancia a la necesidad de un cambio. Hay una derrota subjetiva, quizás, que consiste, diría Badiou, en el desarraigo de la idea misma de otro camino posible. O peor aún, de la existencia de esa idea, pero en un territorio dominado por la nostalgia: no hay sentimiento colectivo más paralizante que la nostalgia.