Stan
Stan llegó al sistema solar, por fin. Se ubicó cerca de Júpiter para poder trabajar tranquilo. Quería armar todo su plan, pero a distancia.
Miró el perfil de la Tierra desde su nave. Y se quedó pensando: admiro en algo a los terrestres, nacen sin saber qué son.
Él tenía que poblar de otra manera.
Estaba entusiasmado porque ya podía ser padre.
Usó la receta básica y la puso en marcha rápidamente.
Eligió cinco candidatos humanos y los mantuvo vivos. Aniquiló al resto y mutó a otras especies para que ocuparan los lugares que quedarían vacíos. Era un padre responsable.
Una de esas cinco mentes era su meta. Debía hurgar en cada una y elegir cuál.
Confiaba en que alguna desplegaría todo su contenido y lograría mutar. Sólo así él podría habitarla.
Mientras tanto, vivía para ellos, obsesionado con ellos, ayudándolos a evolucionar. Algún día, uno de los cinco saltaría al océano y vendría a buscarlo.
Y sucedió.
Está todo dispuesto, se repitió Stan.
Mató a los cuatro que quedaban y se dedicó a su elegida.
—¡Despierta, Raquel!
—¿Quién me habla?
—Tu padre.
—¿Qué quieres, padre?
—Nacer.