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1 PEDRO 1. SER SANTOS
1 Pedro 1:14 Por lo tanto, vivan como hijos obedientes de Dios. No vuelvan atrás, a su vieja manera de vivir, con el fin de satisfacer sus propios deseos. Antes lo hacían por ignorancia, 15 pero ahora sean santos en todo lo que hagan, tal como Dios, quien los eligió, es santo. 16 Pues las Escrituras dicen: «Sean santos, porque yo soy santo. NTV.
Tras la conversión a Cristo, los deseos de la vieja naturaleza de pecado no desaparecen de la noche a la mañana de la vida del nuevo redimido. Esos deseos perversos, permanecen y están latentes, esperando el momento oportuno para manifestarse. La única manera de que el creyente no ceda a los impulsos de su vieja naturaleza, es permaneciendo en una estrecha comunión con Dios, mediante la oración y el estudio de las Sagradas Escrituras. Solo de esta manera, el creyente podrá llevar una vida bajo la voluntad de Dios, apartado del pecado y los placeres que le ofrece este mundo.
Los redimidos por la preciosa sangre de Jesucristo, tienen que reflejar la santidad de Dios Padre en cada cosa que piensen, digan o hagan. A diferencia de los dioses romanos o otros dioses del mundo antiguo, el único Dios verdadero, Yahvé, no es belicoso, adúltero ni rencoroso. De la misma manera, a diferencia de los dioses populares de los cultos paganos en el primer siglo, Yahvé no es sanguinario ni promiscuo. Yahvé es un Dios de misericordia y justicia que cuida personalmente de cada uno de sus discípulos. El amoroso Padre eterno espera que todos sus hijos lo imiten, y sean santos tal como lo es Él.
Ser santo, implica que los creyentes deben mantenerse siempre devotos o dedicados a Dios, separados para su uso especial, apartados del pecado y de su influencia de este mundo, practicando la verdad, la justicia, la bondad, el amor y la misericordia. Es importante que los hijos de Dios se mantengan apartados de la maldad de este mundo y ser diferentes a las personas que todavía no reconocen el Señorío de Jesucristo en sus vidas. Deben apartarse de sus prácticas y sus costumbres pecaminosas, ya que, ya no pertenecen a este mundo, sino que pertenecen al reino de los cielos.
Los creyentes no deben ser diferentes solo por el hecho de serlo. Lo que los hace diferentes son las virtudes de Dios aplicadas a sus vidas. Sus prioridades deben ser las de su amado Padre eterno que está en el reino de los cielos. Esta nueva manera de vivir del creyente, contrasta en gran manera a su antigua vida sin Jesucristo. Jamás los redimidos llegaran a ser santos por sus propios esfuerzos, por eso, Dios en su infinito amor y misericordia les da su Espíritu Santo para ayudarnos a ser obedientes y les da poder para vencer el pecado.
De ninguna manera el creyente debe escusarse diciendo que no puede evitar cometer pecado, pues si puede evitarlo, ya que está dotado del poder de Dios para poder vencer las tentaciones que le envíe el maligno a su vida. Además, el creyente tiene la ayuda del Espíritu Santo que mora en su interior desde su conversión. Por eso, no caben excusas delante de Dios. Si el creyente peca, es porque no está en una estrecha comunión con Dios Padre, y su vida no refleja la santidad que demanda de todos sus hijos.