Solo un segundo. Lucía Baldó
lba conduciendo, cantando una canción que sonaba en la radio. El semáforo indicaba que podía pasar. Se miraba por el espejo del retrovisor comprobando si llevaba bien la corbata. Fue solo un segundo, un maldito segundo, bastante para determinar que su vida iba a dar un giro de trescientos ochenta grados.