El pecado nos ha hecho seres orgullosos y soberbios, con un concepto de nosotros mismos que es más elevado de lo que debiera. Hay una sola cosa en este mundo que nos puede librar de esa tendencia en extremo pecaminosa: El conocimiento de la Persona de Dios. Este es el único conocimiento que no alimenta nuestro orgullo y vanidad, sino que produce humildad en nuestros corazones.