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Por la llanura huían los musulmanes, y Roland ya no podía perseguirlos. Su buen caballo estaba muerto junto a él, y él, agotado y exhausto, trataba de auxiliar a su querido amigo Turpín. Aprisa le desató el yelmo, le quitó la cota de malla, ya toda manchada y rota con tantos tajos, y, desgarrando sus ropas de seda, le cubrió las heridas. Entonces, levantándolo en brazos, lo puso en un montículo de hierba.

Arrodillándose junto al arzobispo moribundo, Roland susurró con suavidad:

—Padre, nuestros compañeros, a los que amábamos, han caído todos, pero nosotros no hemos de dejarlos así. Dadme permiso para ir a traerlos aquí, que podáis bendecirlos por última vez.

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📚 Fuente: https://humanistasenlared.com/libro/leyenda-roncesvalles-marshall-paco-alvarez/