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La dura historia de Javier Acosta, un joven de 36 años afectado por la bacteria “Candida auris”, quien, después de batallar intensamente contra ella y darse cuenta de que no puede vencerla, sino que esta lo deteriorará día a día, ha decidido solicitar la eutanasia, ha sido para mí motivo de profunda reflexión, pues desafía muchas de mis creencias.
Desde mi fe, esta situación es difícil de comprender porque, para nosotros los creyentes, la vida humana tiene un valor intrínseco y sagrado que no puede ser decidido por el individuo, independientemente de las circunstancias. Como cristianos, confesamos que Dios es el dueño de la vida y que nadie tiene el derecho de quitarla o quitársela.