Alguien me decía con fiereza: “¡Tienes que respetar mi opinión!”. Le hice algunas preguntas y decidí no continuar la conversación, pues noté que no había posibilidades de comprensión mutua, que es, en realidad, el propósito de toda conversación. Sin embargo, me quedé reflexionando sobre un error común: creer que respetar las opiniones de los demás significa no cuestionarlas, contrastarlas o debatirlas.