Había una vez un niño llamado Adrián, un pequeño genio que vivía en una casa cerca del río Támesis, en la hermosa ciudad de Londres. A Adrián le apasionaba todo lo relacionado con los dinosaurios. Pasaba horas leyendo libros, viendo documentales y coleccionando figuras de estas criaturas prehistóricas. Un día soleado, mientras Adrián paseaba por el río, notó algo extraño. Vio una abertura en el agua que parecía un remolino. Sin pensarlo dos veces, Adrián se acercó y, con su curiosidad característica, decidió aventurarse y adentrarse en el río. Para su sorpresa, en lugar de verse rodeado de agua, se encontró en un oscuro túnel. El túnel parecía interminable y estaba lleno de extraños destellos de luz. Adrián, emocionado por esta inesperada aventura, decidió seguir adelante, confiando en que lo que sea que encontrara al final sería emocionante. Después de caminar durante un rato, el túnel comenzó a iluminarse gradualmente. Adrián salió del otro lado y quedó boquiabierto al encontrarse en un exuberante paisaje prehistórico. Frente a él, se erguía un enorme carnotauro, uno de los dinosaurios más temibles y feroces que jamás había visto. Adrián, a pesar de su sorpresa inicial, no sintió miedo. Se acercó al carnotauro con cautela y, utilizando sus vastos conocimientos sobre dinosaurios, comenzó a hablar con él. El carnotauro, cuyo nombre era Carlos, se sorprendió de la inteligencia y el coraje de Adrián. A lo largo de su encuentro, Adrián y Carlos compartieron experiencias y conocimientos. Adrián le contó historias sobre la ciudad de Londres y las maravillas modernas que existían en el mundo actual. Carlos, a su vez, le habló sobre la vida en la era de los dinosaurios y cómo era ser un carnotauro en aquel tiempo lejano. Juntos exploraron el paisaje prehistórico, observaron a otros dinosaurios y se maravillaron ante la grandeza de la naturaleza. Adrián incluso tuvo la oportunidad de ver de cerca los dientes afilados y las garras poderosas de Carlos, lo que le hizo apreciar aún más la fascinante historia de los dinosaurios. Después de pasar un tiempo juntos, Adrián se dio cuenta de que debía regresar a su hogar en Londres. Se despidió de Carlos, agradeciéndole por la increíble experiencia y prometiéndole que siempre recordaría su encuentro. Adrián volvió a atravesar el túnel del tiempo y emergió nuevamente en las orillas del río Támesis, cerca de su casa. Aunque nadie le creería su increíble aventura, llevaba consigo el recuerdo imborrable de su encuentro con el carnotauro Carlos. Desde aquel día, Adrián siguió siendo un niño curioso y apasionado por los dinosaurios. Compartió su increíble historia con sus amigos y familiares, inspirando a otros a explorar el pasado y aprender sobre el fascinante mundo de los dinosaurios. Y así, el pequeño genio Adrián demostró una vez más que la curiosidad y el conocimiento pueden llevarnos a lugares inimaginables, incluso a través del tiempo, donde podemos encontrarnos con criaturas asombrosas y crear recuerdos que durarán toda la vida.José Pardal