Ya tengo los dos. Ahora me voy a mi aserradero a hacerme rico - dijo Bernardo. Bernardo subió al tractor y lo puso en marcha. El tractor salió del bosque y se dirigió por el camino hacia el aserradero. El eucalipto y el roble iban detrás, atados y heridos. Los dos amigos se miraron con tristeza y resignación. Adiós, bosque. Adiós, amigos. Ha sido un placer vivir con vosotros - dijo el eucalipto. Adiós, bosque. Adiós, amigos. Ha sido un honor compartir con vosotros - dijo el roble. Los otros árboles del bosque los vieron marcharse y se sintieron impotentes y apenados. Algunos lloraron y otros gritaron. Todos los querían y los echaban de menos. ¡No! ¡No os llevéis a nuestros amigos! ¡Dejadlos en paz! - decían los árboles. Pero Bernardo no les hizo caso. Siguió conduciendo el tractor hasta llegar al aserradero. Allí bajó a los dos árboles y los llevó a una máquina que los cortaba en trozos. Ahora veréis lo que os espera. Os voy a convertir en madera y os voy a vender al mejor postor - dijo Bernardo. El eucalipto y el roble se asustaron al ver la máquina, que era grande y ruidosa, con unas cuchillas afiladas y unas correas que los arrastraban. ¡No! ¡No nos cortes! ¡Déjanos vivir! - suplicaron el eucalipto y el roble. No me importa lo que digáis. Sois solo madera para mí - dijo Bernardo. Bernardo encendió la máquina y la puso en marcha. La máquina empezó a cortar al eucalipto y al roble en trozos pequeños. Los dos amigos se retorcieron de dolor y se despidieron con amor. Te quiero, amigo. Gracias por todo - dijo el eucalipto al roble. Te quiero, amigo. Gracias por todo - dijo el roble al eucalipto. Y así terminaron sus vidas el eucalipto y el roble, víctimas de la codicia de Bernardo. Y así termina este cuento sobre un eucalipto, un roble, un tractor y Bernardo.José Pardal