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La educación que no funciona La educación que hoy impera parece haber confundido libertad con permisividad, crítica con descaro y derechos con caprichos. Hemos pasado de formar personas con respeto, responsabilidad y curiosidad verdadera, a moldear generaciones que creen que todo les pertenece y que todo está a su alcance. Esa educación que no funciona no solo se refleja en las aulas, sino que se extiende como un eco a todos los ámbitos de la vida social. Lo vemos en las escuelas. Niños y niñas que crecen sin apenas límites, acostumbrados a que todo gire en torno a ellos, y que cuando son reprendidos, lejos de aprender, son defendidos por sus propios padres. Una generación que, en muchos casos, no reconoce la autoridad del profesor ni entiende la diferencia entre lo permitido y lo prohibido. Si en el aula no se inculca respeto, difícilmente lo tendrán después hacia un animal, hacia una planta o hacia cualquier norma que les frene en su deseo inmediato. Esa misma actitud se refleja también en los zoológicos. Aunque la mayoría de los visitantes muestran respeto, ilusión y ganas de aprender, hay una parte que actúa como espejo de esa educación fallida: padres permisivos que permiten a sus hijos saltarse reglas, familias que se indignan si no pueden acercarse o tocar más allá de lo permitido, visitantes que confunden la observación con el consumo y que interpretan los límites como una ofensa personal. El caso reciente de Cabárceno lo ilustra de forma dolorosa: una familia se saltó las medidas de seguridad para acercarse todavía más a los lobos, ignorando el riesgo, las normas y el sentido común. Ese gesto no es anecdótico, sino el síntoma de una educación que no enseña responsabilidad, y que transmite la peligrosa idea de que todo puede transgredirse en nombre de la curiosidad inmediata o del “quiero más”. Este caldo de cultivo permite, además, que ciertas corrientes animalistas manipulen con facilidad la opinión pública. Una sociedad que no respeta los límites en un aula o en una visita al zoo es la misma que abraza discursos simplistas: que todos los zoos son cárceles, que todos los cuidadores son carceleros, que todos los animales sufren. Se descarta la ciencia, se ignora la complejidad, y se prefiere el mensaje rápido, fácil de compartir y fácil de olvidar. Mientras tanto, las especies desaparecen y los hábitats se destruyen. Los zoológicos, con sus limitaciones y esfuerzos titánicos, siguen siendo reservorios de biodiversidad, pero se enfrentan a un público fragmentado: una parte que observa con paciencia y gratitud, y otra —más ruidosa— que exige experiencias inmediatas, traspasa barreras y reclama tocar lo intocable. La educación que no funciona nos ha llevado a una paradoja inquietante: exigimos respeto para los animales, pero no educamos en el respeto hacia los propios seres humanos ni hacia las instituciones que trabajan por su bienestar. Criamos generaciones que, sin límites claros, difícilmente podrán respetar lo que no conocen o lo que no se les ha enseñado a valorar. Por eso, el desafío más urgente no es solo salvar animales, sino reeducar a las personas. Volver a enseñar que observar con paciencia vale más que tocar, que respetar un límite es más noble que romperlo, que el verdadero aprendizaje surge de la disciplina y no del capricho. Porque sin esa educación —sin una cultura profunda de respeto— ningún zoo, ninguna especie y ninguna experiencia tendrán futuro.

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