Vierte el tiempo en cada segundo de placer y devoraré los estigmas de pasión que nutren tu suave piel.
Guíame despacio por cada rincón de tus gemidos, muéstrame el origen de todos tus latidos, acalora este altar de sábanas de franela, escarchado con tu aroma, derramado con tu esencia, empapado por el deseo si navego entre tus piernas.
Siente el fuego que traigo para ti, nota el cielo bajo tu cuerpo, cuando te elevo hacía la cima del séptimo cielo.
Mécete con el impulso de abrazos casi divinos, que atrapo entre velas y sorbos de vino.
Avivemos la lujuria en el cauce de nuestro gozo, ahoguemos el silencio con la lluvia de nuestro calor, sobran las ataduras de las que ahora te despojó, para beber de tu cáliz de bella flor.
Bailemos al son del descaro para fundirnos en un mismo destino, el tempo del orgasmo lo marcará el corazón, el que hasta hoy estaba prohibido.
Pero todo se torció. El invierno me despertó. La fantasía que habíamos creído entre delirios se murió cuando al otoño habíamos sobrevivido y en el letargo de las ganas, el espejismo se quebró.
Volvió el calor que abrasó tu sentido, ese al que renunciaste cuando quisiste acariciar la luna, que te soñaba en el abismo.
Bebiste de la fe que bañaba el sueño de una ilusión y al final sólo el silencio se quedó conmigo.
Fue tierno lo que duró, enigmático hasta el adiós.
Resplandor que curó el frío y el maltrato del amor.
Que más da si el glacial es mi alivio mientras tu vuelvas al calor. Regreso por donde he venido, para no ser consumido por las ascuas de ese ajeno amor.