Caí en las redes del amor entre destellos de mi juventud,
devorando el tiempo a favor del viento,
sin saber que mañana no serías tú.
Un rosal de espinas enredando mi corazón y mente,
perturbando el eco de mi silencio, brotando dos semillas de mi vientre.
La niebla en mis ojos y la piel de toro curtida en la fragancia de mil falacias,
cegaron la inocencia de mis besos,
y el clamor que tanto retumbaba en la que fue mi voz callada,
quebró el filamento de la desdicha, reflejo de un final escrito,
por tantas y tantas mentiras,
sepulcro de palabras profanas que me dejaron sin aliento.
Caíste del árbol de la apariencia,
me heriste cuál vil alimaña,
la inocencia me jugó una mala partida
y tu adiós me iluminó de esperanza.
Soy feliz así, con mis hijos y conmigo misma,
si lloro ya no es por ti,
y el dolor que me ofreciste lo cambié por mi alegría.
No vales nada,
fueron tus palabras de agonía,
no encontraré a nadie que me quiera, una y otra vez repetías.
Y los fantasmas que me agobiaban bajo el rostro de tu locura
desaparecieron tras el cristal de mi alma,
que ahora brilla limpia y pura,
pues me ha costado veinte años
limpiar de mi calma tanto mal amor, tanta basura.
Tanta paz me regale el descanso que me dejas,
pues la sonrisa de mis labios brillará en la distancia al saber que te alejas,
desapareciendo en la borrasca, tan llena de odio,
como tu alma oscura, espesa como el lodo.
Ahora que no estás,
Mis días son bocados de azúcar caramelo
y la verdad, me place el saber que tu ya no los probaras,
ni me importa el que dirán, no necesito ese consuelo.
Mis hijos son los que me dan calor
y tu sólo eres un adiós
que se olvida en el tiempo.