El desierto de sal más grande del mundo. Diez mil kilómetros aproximados. Tres mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. Lagos prehistóricos que se evaporaron con el transcurrir del tiempo. Y otros lagos, actuales, que se desbordan ahora mismo -por el invierno- para conformar el espejo de nubes más sorprendente en el planeta. Vientos muy fuertes. Experimento una sensación plena de irrealidad. Si la gente conociera estos parajes, lo acabo de hablar en profundo con una pareja de viaje, la mente sería más receptiva a las bellezas -físicas y espirituales- y menos proclive a las violencias y a las guerras individuales y colectivas. La naturaleza es una lección de amor e inteligencia -mezclados en nombre del misterio-, con sus significancias y resignificancias. Esto es BOLIVIA -un ancestro deslumbrante-. Arribamos al salar, desde UYUNI -al suroeste de BOLIVIA-; luego de aterrizar en un avión que tomé en LA PAZ -la capital administrativa del país, en el altiplano de LOS ANDES-. Al llegar a este salar, no entiendo por qué pensé en una mujer de ojos infinitamente dulces. Estoy frente a esta inmensidad blanca increíble, sobre un reflejo de cielos, esperando la noche -pues pernoctaré cerca con otras personas-, para buscar mirar como se refleja la luna que me prometen aparecerá hoy, y tal vez los luceros de la bóveda celeste. Camino despacio, como quien se desplaza dentro de un cuento infantil. Se me acerca una familia de flamencos -como a un encuentro-, mientras pinceladas de aves migratorias vuelan arriba. Y me urge, como se fuera un mensaje de este lugar, conocer una mujer de ojos muy dulces -no sé en dónde-; que se llame BLANCA, que parezca un sueño y que sea compañera de viajes por una temporada -porque nada es para siempre en lo real-.